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lunes, 2 de junio de 2014

Con Mario Broncano en La Victoria



Por Nivardo Córdova Salinas
(Este artículo fue publicado en la revista Entrenabasquet N° 130, Trujillo, mayo de 2014, por gentileza de su director Pacho Vásquez Pita) y en el diario La Primera (Lima, Perú)

Hace poco me encontré cara a cara, corazón a corazón, en el ring de la vida, con el ex boxeador, pero todavía peleador, luchador y pechador, Mario Broncano Gómez. Ocurrió durante  una tarde nublada en la cuadra doce del jirón Huascarán, en el distrito limeño de La Victoria, a orillas de la tempestad. Guardo este recuerdo como un tesoro, pero también como un reclamo al cielo.
Ahí estaba el gran Mario, sentado sobre la vereda. Considerado en su momento como “un boxeador de dotes espectaculares", la crítica especializada ya avizoraba en él al futuro campeón mundial, al sucesor de Mauro Mina. A sus 18 años, tenía al mundo en sus manos.
Conoció los sinsabores de la vida desde niño. Y como muchos otros niños que sienten en la piel el vidrio filoso de la calle, ante la desidia de la sociedad y la falta de oportunidades para estudiar, empezó a realizar pequeños hurtos. Sin ánimos de volverlo un mito o de aplaudir su estilo, su vida es una novela. Internado cuando era adolescente en el Centro Juvenil de Diagnóstico y Rehabilitación de Lima (ex Maranguita), en Pueblo Libre, Broncano empezó a demostrar sus dotes pugilísticas a temprana edad.
Como relata el periodista Ernesto Chávez en “Crónica viva”: "A los 18 años de edad, Mario Broncano había ganado 264 peleas, era el único boxeador peruano segundo en el ranking latinoamericano y todos abrigaban la esperanza de que siguiera la senda del legendario Mauro Mina y llegase a campeón mundial. No solo era un pugilista que parecía tener el mundo en sus manos, sino el aparente símbolo de los adolescentes del Albergue de Menores de Maranga, de los que luchaban por demostrar a las autoridades insensibles,  que eran capaces de rehabilitarse ante la sociedad que los marginaba como parias. Tras los triunfos pasajeros, la fama y una aureola de invencible gladiador en el ring, la procesión iba por dentro. No fue el padre que lo abandonó ni las juntas, como se quejaría en su caída al precipicio de la delincuencia.”
Broncano llegó a ser campeón sudamericano y logró varios títulos deportivos. Pero la procesión –no la del Señor de los Milagros- sino la de la terrible enfermedad de la adicción iba por dentro, matizada con su vida delictiva. Lurigancho y Castro Castro fueron los penales donde estuvo internado.
Pero no somos nadie para juzgar a nadie. Quizás en otro país, en otro contexto, el buen Mario hubiera sido un campeón de limpia trayectoria, un hombre ejemplar y de bien. Pero ¿qué
digo?, si, como dicen los Evangelios, “no hay ningún justo: nadie”.Quienes no han tenido la desgracia de pisar una cárcel, suelen jactarse de tener una “vida digna”. Se oye con frecuencia: “Yo no he robado, no he matado a nadie, no consumo drogas, soy un buen padre, a mis hijos no les falta nada. No soy ningún delincuente, no soy pecador, No necesito pedir perdón a Dios…”. Lo he escuchado con mis propios oídos.
En el encuentro en La Victoria,  y a bordo del ómnibus que surca el centro de Lima por la avenida Manco Cápac y luego vira hacia el famoso mercado de Matute, diviso a Mario Broncano desde la ventanilla. “¡Baja en la esquina!”, me apresuro a gritar y ya estoy con el pie derecho en la pista brava.
Por un instante dudo y pienso. “Esta puede ser la entrevista periodística que me reivindique con mis lectores y colegas”–pienso– pero desecho automáticamente la idea, porque no hay más salvación que en Dios, me digo a mí mismo (¿lo pienso para reivindicarme con el altísimo?). Pero hay algo en su aureola que me obliga a acercarme con mucho respeto.
– Don Mario, buenas tardes, disculpe usted este atrevimiento de acercarme de manera tan abrupta.
El hombre está concentrado, enrollando un cigarro. Me mira de reojo, desconfiado.
¡Habla, causita! ¿Qué haces por aquí? –pregunta.
– Lo vi a usted desde el micro y he bajado para saludarlo,  porque tengo un gran respeto por usted.
– ¡No me florees mucho!, –expresa, como si estuviera conectándome un gancho al hígado.
– No es floro, “papá”.  Es verdad lo que te acabo de decir–lo tuteo, como achorándome un poquito.
Broncano me parece un niño. Su mirada es triste. Tiene el ojo izquierdo lesionado, producto de un garrotazo cobarde que le dio un frutero, según leí hace tiempo en un diario. Parece que llora “para sus adentros”. Termina de enrollar su pavesa. Enciende y da una calada profunda.
– ¿Maestro, todo bien? ¿Se siente bien? –digo, por decir algo, porque el hombre parece que quiere estar solo. Y yo siento que lo estoy cansando. Y quisiera contarle un pedazo de mi vida, contarle todo, decirle que yo también estoy sufriendo demasiado.
– Todo bien chochera. Parece que eres buen pata. Pero no camines solo por aquí, porque te pueden “poner al toque” (asaltar). Mejor anda, no más. Todo tranquilo.
– Es un honor conocerlo. Siempre quise entrevistarlo. Y ahora que lo vi, bajé rápido a saludarlo, para decirle que a pesar de todo lo que digan de usted yo creo que sigue siendo un ejemplo de lucha, pese a todo. Quizás, como muchos, los problemas de la vida nos ahogan, no nos dejan respirar y a veces “nos tiramos al abandono”, al precipicio, hasta el "fondo más hondo".
– Yo no soy ejemplo de nada.–me dice.
El día se nubla más. Nos quedamos en silencio. Pero tengo una pregunta en el tintero.
– Siempre quise aprender a pelar  –le comento en voz baja– para defenderme; pero nunca pude aprender y por eso en el colegio siempre me corría de las broncas. Maestro, dígame: ¿qué se necesita para boxear? –pregunto antes de despedirme.
– ¡Solo hay que tener huevos! 
Ese derechazo me destroza el alma y caigo knock out a la lona. Suena el campanazo final. Me despido y sigo mi camino.
Broncano me sonríe como un niño que acaba de cometer una travesura.



domingo, 1 de junio de 2014

Hugo Daniel “Eiji” Otani: “Me siento más peruano que el cebiche”

Por: Nivardo Córdova Salinas / Fotos: Nikolai L. Kaufmann

Hugo Daniel "Eiji" Otani Kawanishi, desplegando todas sus
técnicas en el wok para un contundente lomo saltado.

Hace más de un siglo arribaron al Perú los primeros inmigrantes japoneses en el barco Sakura Maru, en busca de trabajo y con el ideal luchar por sus sueños. De esta convivencia humana, la cultura “nikkei” es una de las muestras de la variedad cultural de nuestra patria.

De las muchas historias de trabajo, alegrías y tristezas, se pueden extraer ejemplos de vida y perseverancia. Este es el caso del personaje que hoy inspira este reportaje: Hugo Daniel Otani Kawanishi, cuyo nombre en japonés es “Eiji”. Él nació en la Maternidad de Lima en 1961, pero se siente totalmente peruano.Sus padres fueron Takami Otani y Sumako Otani, quienes son parte de la historia de la inmigración japonesa en el Perú.

Su historia es toda una peripecia vital. Ya en 1929 sus abuelos habían afincado en Huaral. “Mi padre me contaba que tuvo que dejar sus estudios a los 9 años para comenzar a trabajar, en condiciones adversas.

Eiji Otani junto a su esposa Diana Hirano y
su equipo de trabajo en el Eylly´s chicken´s grill.
“La herencia más grande que mi padre nos dio fue el trabajo, la honradez, la perseverancia y la humildad”, recuerda. Pero a pesar de su sangre japonesa, afirma que el señor Takami Otani “era recontra criollo, muy ingenioso, pero también algo lisuriento, siempre muy querido por sus amigos que lo visitaban en su restaurante El rincón de Taka Taka, en El Callao,  pues era un destacado cocinero que está considerado como uno de los precursores de la fusión peruano-japonesa o “cocina nikkei”.

“Mi papá cocinaba desde siempre. En la cuadra tres de jirón Quilca tenía un restaurante llamado Todomar, donde se innovó mucho con la sazón oriental y criolla. Uno de sus grandes inventos es un plato que se conoce como ´Frutos del mar´, porque lleva todo: chicharrón de pescado, mariscos, langostinos, cebiche, todo sazonado con sillao y mensí, además de aportar con toques e ingredientes como el frijol chino. Posteriormente se mudó a La Perla, Callao, donde abrió el famoso Rincón de Taka Taka”, comenta.

Un detalle pintoresco que recuerda de su padre es su habilidad mental para los cálculos matemáticos, lo cual aplicaba para sacar las cuentas sin necesidad de lápiz y papel. Nunca se equivocaba en los números, y los comensales siempre aplaudían, pero sobre todo su sazón especial. Junto con el inmigrante japonés Minori Kunigami, fundador del mítico restaurante La Buena Muerte del Jr. Paruro, en Barrios Altos, y el famoso chef Humberto Sato, del Costanera 700, el señor Takami Otani –padre de nuestro personaje- es también uno de los maestros de la fusión peruano-japonesa, hoy tan en boga en la gastronomía peruana.

Fue en El Callao donde Hugo Daniel empezó a incursionar en la gastronomía desde joven, ayudando a su padre en los quehaceres  de la cocina y también la administración del negocio. En una época también fue vendedor de equipos de sonido de alta fidelidad, labor en la que le iba muy bien, hasta que decidió incursionar en la cocina.

“Fue muy curioso porque yo era el mejor vendedor, y ganaba buenas comisiones, al punto de que ganaba más que los demás. Eso fue motivo para que me despidieran y me quedé literalmente en la calle. Pero mi padre me animó a trabajar con él, cosa que lo hice con mucho gusto. Empecé a trabajar lavando platos, porque mi padre decía que tenía que aprender desde abajo. En unos meses ya conocía todos los secretos del negocio. El Rincón de Taka Taka era un lugar muy frecuentado por el público, que degustaba la buena comida. Uno de nuestros más ilustres clientes fue el futbolista “Lolo” Fernández, pero no el único”, afirma.

Con su esposa Diana y sus hijos Mayra y
Sergio Otani Hirano, siempre unidos.
Posteriormente Otani se fue a vivir al Japón. Era una época donde todos queríamos ir allá a trabajar. Estuve 16 años, fue una experiencia enriquecedora, pero allí reafirmé mi peruanidad porque yo soy peruano y me siento más peruano que el cebiche. Es curioso, porque a pesar de tener ancestros japoneses, allá nos discriminaban un poco. No obstante, en Japón aprendí a querer más al Perú”, cuenta.

Allá vivió muchas peripecias, y hasta trabajó como presentador de noticias en el programa Japón Uno Noticias, un noticiero televisivo por Internet que se dedicaba a relatar las informaciones más importantes para la comunidad latina. Además, como buen católico, se siente orgulloso de haber participado en la realización de la primera procesión del Señor de los Milagros en la ciudad de Hamamatsu Shi, cuya imagen se conserva en la iglesia de San Francisco de Asís de esa ciudad oriental, que tiene una réplica exacta del anda de la venerada imagen del Cristo Moreno.

Ahora, apoyado por su esposa Diana Hirano y sus hijos Sergio y Mayra (de vuelta a Lima desde el año 2009) conduce el restaurante Eylly´s chicken´s grill, nombre está inspirado en “Eiji” que es su apelativo familiar en japonés, y además  nombra la especialidad de la casa: las brasas, salteados y parrillas. Ubicado en la Plaza Butters de Barranco, el establecimiento tiene un prestigio bien ganado con dos de sus platos más contundentes: los peruanísimos lomo saltado y  pollo a la brasa, ambos con un sabor que en el paladar te lleva directo y sin escalas a la fusión peruano-japonesa. El toque muy especial en la sazón lo brindan también el ahumado y la buena presentación del platillo. "El secreto de nuestro sabor no se lo damos a nadie", comenta.

“Tengo el privilegio de tener un equipo de trabajo excelente, que es la base de este restaurante. Contamos con un público exigente que siempre viene a comer aquí, incluso llegan desde Rímac o El Callao. Mi sueño es abrir nuevos puntos de venta en Lima”, señala Otani, que asegura que trabajar y trabajar con honradez es el secreto del éxito.
“Apuesto por el futuro del Perú. Si los peruanos nos unimos y todos trabajamos con honradez y disciplina, llegaríamos a ser una potencia mundial. Tenemos que amar a nuestra patria, y además no olvidemos luchar contra la corrupción y la delincuencia, para lograr la paz que tanto necesitamos”, dice.

Eiji y Sergio Otani, en uno de sus pasatiempos
favoritos: el karaoke.
La pregunta inevitable de la entrevista es, por supuesto, el llamado “boom” o auge actual de la gastronomía peruana. “Se nota que la cocina Nikkei ha influenciado bastante en la tendencia de la llamada cocina fusión, pero recomiendo a los jóvenes chefs que procuren no combinar por combinar los ingredientes, porque a veces resulta demasiado forzado o artificial. Por ejemplo, a mí el maki acebichado no me gusta. Los cocineros tradicionales no estamos de acuerdo con a fusión desmedida”, opina.

Sin embargo, Otani gusta mucho de la comida criolla peruana, en especial el “cabrito combinado”, y mientras lo dice hace un gesto de mirar al cielo, casi extasiado. Es que él, a pesar de sus ancestros japoneses es peruano. “Me siento más peruano que el cebiche”, concluye nuevamente.




viernes, 28 de marzo de 2014

Ing, Porfirio Huamán: “Solamente mediante la educación se podrá lograr desarrollo del Perú”

Para consolidar el desarrollo integral del Perú es urgente impulsar nuevos paradigmas en la educación y la cultura de los peruanos, de lo contrario jamás seremos un país sostenible, opina el ingeniero de minas y consultor en materia educativa y empresarial Porfirio Huamán Gamarra, autor de ocho libros que abordan diferentes aspectos de la realidad nacional, especialmente en el tema de educación, historia y cultura empresarial. Actualmente tiene otras publicaciones en proceso.
Nacido en Urubamba (Valle Sagrado de los Incas, Cusco) en 1952, además del castellano domina el idioma quechua. El ingeniero Huamán considera que la única forma de aportar al desarrollo auténtico de nuestro país, es mediante una transformación educativa y el fomento de los valores éticos en cada familia y la sociedad.

“Esta es una tarea que, en principio, le compete principalmente al Estado, pero en la que también deben comprometerse son las instituciones sociales, empresas públicas y privadas y la comunidad en general. Si no cambiamos de mentalidad, mediante una educación orientada a la empresa, seguiremos en el atraso y el subdesarrollo”, afirmó el especialista en gestión pública y privada.

El Ing. Porfirio Huamán ha escrito los siguientes libros: “Manual del micro y pequeño empresario industrial” (1990), “Aporte para la industria nacional, una propuesta para un proyecto nacional” (coautor, 1991), “Historia de organizaciones de Micro y Pequeñas Empresas - MYPES” (2011), “Manual de APAFAS, instituciones educativas” (2011), “Proyecto emprendedor como paradigma de nueva educación peruana” (2012), “Ingenio en gestión de las organizaciones de MYPES” (2012), “Los verdaderos dueños del oro en el Perú” (2013), y “La importancia del Runa Simi -Quechua- en la inclusión social” (2013). De estos libros, solamente han sido publicados tres.

“HAY QUE IMPULSAR LA DIFUSIÓN DEL QUECHUA”

Teniendo en cuenta que el Perú es un país pluricultural y multilingüe, donde además del español (el aymara y otras idiomas aborígenes), el quechua es nuestro “idioma oficial”, el Ing. Huamán reivindica este legado ancestral con la última obra literaria citada en el párrafo precedente.

Es un trabajo de investigación, que no solo exalta el valor lingüístico de esta idioma hablado desde los pre-Incas, en el imperio del Tahuantinsuyo, sino perdura hasta nuestros días, también propone su difusión en los colegios, universidades y en la sociedad. El autor aborda los orígenes y desarrollo, su estructura gramatical y fonética, su problemática actual, y propone una serie de recomendaciones para su aprendizaje y difusión.

Como se sabe en el Perú son más de 3 millones de personas que hablan el quechua como lengua materna.  De ellos 3´166,453 personas son mayores de 5 años y representan el 16.6% de los peruanos según el censo nacional de 1993. Esta realidad obliga a nuestra sociedad a replantear su visión del idioma quechua e impulsar su difusión, por ejemplo, motivar que los hablantes también puedan escribir en quechua, así como también promover publicaciones en quechua, aymara y otras lenguas aborígenes, son parte de la cultura peruana.

Pueden contactar con el Ing. Huamán escribiendo a porhua_06@hotmail.com, visitando su blog: porhuaperu.blogspot.com, o llamándolo a su teléfono 986898387.

sábado, 15 de marzo de 2014

NIXA, el hombre de los grandes recuerdos


Ver articulo completo en:

Con el gran poeta y periodista pacasmayino Nicanor de la Fuente Sifuentes, más conocido como NIXA
(San José de la Bellavista, 16 de septiembre de 1902 - Chiclayo, 15 de marzo de 2009).
La fotografía se tomó en el año 2000, en el Semanario Expresión, de Chiclayo, en la calle 7 de enero,
 durante una de las visitas de NIXA para corregir las pruebas de imprenta de uno de sus libros.




jueves, 6 de marzo de 2014

David Salvatierra y su primer libro de cuentos "Lo que sé de mi madre"


El joven escritor David Salvatierra (Trujillo, 1981) presentará su primer libro de cuentos titulado Lo que sé de mi madre, publicado por Editorial San Marcos, como parte de la III Feria Internacional del libro de Trujillo.
La ceremonia presentación tendrá lugar el domingo 9 de marzo a las 4 p.m. en la sala José Watanabe Varas del recinto ferial de la plaza de armas de Trujillo. Allí el narrador revelará sus motivaciones y preocupaciones literarias en franco dialogo con los asistentes.

En palabras del escritor Gonzalo del Rosario: “Los catorce relatos que componen Lo que sé de mi madre nos sumergen en la problemática del amor, de pareja y de familia. En estos ámbitos se ofrece un contrapunto entre lo sórdido y crudo del desamor en las relaciones contemporáneas; y la ternura y vicisitudes de las familias peruanas distanciadas por la búsqueda de oportunidades de una vida mejor en España o Argentina. Con un lenguaje ágil que no olvida la poesía, y plagado de historias divertidas, Lo que sé de mi madre constituye el brillante debut en las letras de David Salvatierra.”


viernes, 14 de febrero de 2014

"José Mojica. Mundo, arte, espíritu", por Fr. Ernesto Arauco Travezán



Pocos libros pueden transmitir la imagen completa de un ser humano y a la vez los ideales estéticos del autor. "José Mojica. Mundo, arte, espíritu", de Fr. Ernesto Arauco Travezán (Lima, Editorial Bruño, s/f) es uno de esos casos donde la biografía se convierte en prosopopeya escrita con un estilo literario refinado y culto.
Fr. José de Guadalupe Mojica, famoso tenor y actor de cine mexicano, de aquella época que los críticos han etiquetado como "edad de oro del cine azteca", dejó todo lo que la fama y el arte le ofrecía en este mundo para vestir el hábito franciscano en el Perú y convertirse en sacerdote.
"No tengo decepciones ni artísticas ni humanas", dijo alguna vez Mojica, cuando muchos le preguntaban insistentemente por qué dejó su carrera como tenor de ópera y artista cinematográfico para abrazar el ideal de la pobreza franciscana.
En este libro, Fr. Ernesto Arauco nos muestra la epopeya de Mojica, pero también es una "etopeya", el retrato espiritual del hombre, del artista, del religioso franciscano. El resultad es un libro que tiene una prosa rítmica y cadenciosa que va narrando, en clave poética, los momentos fundamentales de la vida de Fr. José Mojica, desde su nacimiento y su infancia en San Gabriel de Jalisco (México), los cuidados de su madre, dona Virgnia, y la lucha de esta mujer para conducir a su hijo por el camino bueno; pasando luego por su experiencia como lavador de platos en un hotel de Nueva York, sus estudios de canto, su amistad con el famoso tenor Caruso, sus películas y amores y luego su conversión...
A este libro se le puede aplicar perfectamente el verso del poeta estadounidense Walt Withman: "Quien toca este libro no toca un libro: toca un Hombre". (Nivardo Córdova Salinas)

miércoles, 5 de febrero de 2014

Carlos Becerra Popuche: “Poetizar es odiar con ternura”

Por: Nivardo Córdova Salinas (nivardo.cordova@gmail.com)

Odiar con ternura. Acaso este es el vallejiano derrotero existencial y literario de Carlos Becerra Popuche (Chiclayo, 1971) una de las voces de la nueva poesía en Lambayeque. Desde la aparición en 1908 en París, bajo el sello editorial Garnier Hermanos, del poemario “Anunciación” de José Eufemio Lora y Lora (Chiclayo, 1885-1907) –seguida de su temprana y trágica muerte en la ciudad luz–, Chiclayo ha parido otras cúspides líricas: desde “Con sabor a mamey” de Juan José Lora Olivares  hasta Juan Ramírez Ruiz (su libro “Un par de vueltas por la realidad” es la partida bautismal del movimiento “Hora Zero”) y los rcientemente fallecidos Alfredo José Delgado Bravo, Elio Otiniano Mauricci y Carlos Ramírez Soto, sin mencionar a la singular tradición de notables decimistas de Zaña y otros autores contemporáneos.

El poeta chiclayano Carlos Becerra Popuche en actitud lúdica
 y desconcertante, pasando de la solemnidad al coloquialismo,
al igual que en su poesía reunida en "Ojos contra la arena".
Foto: http://urbanotopia.blogspot.com/2007/01/carlos-becerra.html

A este cauce se suma el poeta Becerra, cuya obra “completa” recién apareció en forma de libro. Paradójicamente, la literatura de la ciudad de Chiclayo –injustamente- fue siempre relegada a un segundo plano en las antologías nacionales. De hecho, la tradición y la actividad cultural en esta ciudad son impresionantes, aún sin contar con un “calendario” anual de eventos. La poesía no es la excepción, y de ello han dado cuenta los poetas  como Ana Miranda Salazar (“Autofobia”), Stanley Vega (“Inútil inventario”),  Ernesto Zumarán (“Los templos ausentes”), Alejandro Noblecilla, Laly Pereyra, Matilde Granados o Alex Cieza, por citar algunos nombres (obviando a muchos otros por mi ignorancia y falta de espacio).
La tradición literaria chiclayana –de altas cumbres- tiene en Carlos Becerra uno de sus mejores exponentes. La aparición de su poemario “Ojos contra la arena” (Fuga en Lila Editores, Chiclayo, 2OO6) saldó una vieja deuda con la persistencia silenciosa de una obra que recoge, en lo social, lo más característico del alma chiclayana: cierta ingenuidad y efervescencia, antisolemnidad, ausencia de protocolos y formalismos, alegría desbordante, frescura e hilaridad. Sin embargo, Becerra inyecta, con su estilo, aquellos motivos eternos de la poesía universal: el amor, la muerte, la soledad, aportando una voz propia con su poesía.
***
Becerra fue un poeta precoz. De la declamación escolar de los versos inmortales de Vallejo en las aulas del centenario Colegio Nacional San José (el “Sanjo”, donde estudió primaria con el poeta Stanley Vega) pasa inmediatamente a plasmar sus primeras metáforas. Empieza a escribir en la pubertad y tempranamente obtiene el reconocimiento “oficial” en varios certámenes nacionales. Uno de ellos fue una mención honrosa en el concurso “Poeta Joven del Perú” el año 1999, organizado por la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, dirigida por el poeta Marco Antonio Corcuera. Tal premio alguna vez consagró a poetas de la talla de Javier Heraud, Luis Hernández y José Watanabe. Otros lauros fueron suyos en el “Premio Literario Lundero” y varios Juegos Florales en la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Por si acaso, el poeta Becerra reniega de este pasado y ha escondido sus medallas bajo tierra.
Hay que decirlo así: el silencio de la crítica, la indiferencia de los medios de prensa, el desconcierto de los lectores, o talvez la envidia –ese mal tal universal- fueron la cortina de humo tras la que permaneció escondida la poesía de Becerra. Por ejemplo, el escritor Luis Heredia en su ensayo “Entre sueños limítrofes: la poesía lambayecana de los noventa” (publicado en la emblemática revista “Don Loche”), la califica de “poesía talentosa pero un tanto frívola”. Un juicio solamente aproximado. Felizmente los editores de aquel impreso, agrupados bajo el nombre de Sindicato de Poetas sin Trabajo, no se solidarizaban necesariamente con las opiniones de sus colaboradores.
Es cierto, hasta antes de “Ojos contra la arena”, Becerra no había encontrado un editor que corriera el riesgo de dar a la estampa, de manera íntegra, esta su desconcertante poesía. Una primera edición a fines de los noventa contuvo algunas erratas, y la nueva versión–que también tiene algunas travesuras de los “duendes” de la imprenta- actualiza lo mejor del itinerario poético de Becerra.
En el prólogo, el fallecido escritor “cosmonsefuano” Alfredo José Delgado Bravo se rinde ante la poética de Becerra y pone las palabras justas: “Ni poesía de evasión (ucronía). Ni poesía de rebeldía (sincronía). Lo que Becerra nos proyecta o nos propone muy líricamente, muy lúcidamente, es una síntesis de la condición humana, de su condición humana, tal como, dentro de él, la vive, la imagina, crea y recrea...”. El crítico aventura una hipótesis y ubica a Becerra dentro del “transrrealismo o transrrealidad poética”.
Por su parte, el poeta Ernesto Zumarán en el epílogo del poemario dice: “Una de las notas más dominantes de la poesía de Carlos Becerra es justamente el desasosiego. Pero un desasosiego expresado en forma incisiva, irónica, espiritual e iconoclasta... En Becerra el humor fluye con naturalidad sin los estragos del mal chiste ni de la superchería purulenta...”.
Es verdad. Los versos de Becerra se mueven a cien kilómetros por hora, pasan de la solemnidad al coloquialismo. Él se ríe de la muerte y de la vida, pero llora intensamente, le duele toda la imperfección del mundo. Ama y sufre, se refugia en los sueños, odia la hipocresía social, reniega del pasado y el futuro, busca adrede lo imperfecto, la fealdad. Añora la belleza perdida. Se mira compasivamente, amenaza con claudicar.
Becerra quiere vivir, pero reconoce que hay algo que va muriendo a cada segundo. Entonces vuelve a reír y llorar, y ridiculiza la poesía, la baja de su pedestal, la enrolla dentro de un papel de fumar, la enciende y la tira al tacho. Recoge sus cenizas y las arroja al mar. Se desnuda y hunde su rostro en la orilla. Quiere vivir eternamente, tal como cada uno de todos los hombres y mujeres de este mundo. Se refugia en la infancia. Quiere retornar al útero materno:
“Mamá odia las horas cuando muero deshidratado / por el miedo de los días / en los que el sol vomita mi imagen / como un gran espejo amarillo / mamá odia aspirar por sus fosas nasales /como dos túneles / mis juegos depresivos  mi psicosis / mi próstata agazapada en tus miradas / fijo que llora en sus horas etéreas / fijo que pregunta por mi pasado / sólo un montón de hojas que licué / y bebí en una tarde asustada / fijo que reza por mi futuro / donde cargo un fusil y muero / inyectado por átomos yanquis / fijo que suspira por mi presente / una hermosa ave disecada / con el corazón corriendo ya no sé qué caminos / mamá cree que estoy vivo / porque tomamos el yantar juntos / no sabe que la muerte ha jugado su rol invisible / una mañana llena de luna / cuando el sol / vomitaba mi sangre” (“A mamá en el último minuto”)
Otros de sus rasgos son la desesperación y emotividad. Becerra juega con las palabras y busca adrede el sinsentido, forzando las imágenes hasta extremos como éste:
“Mejor es que duermas sobre tus rodillas raspadas / y sueñes que el mundo / es un gran dibujo animado sin colorear / Así perderías la ración de bombas / y ya no ayudarías a buscar la vida / en algún cadáver de tu hermano / mejor es jugar a la casita / y juego a ser papi y llego temprano / y mis pulmones son fuertes / y mi hígado es un ángel recién nacido / y le doy un beso a mi mami en su frente de estropajo / y ahora juego a ser mami y te cuido / y nunca  te digo que cuando seas grande / tienes que coleccionar niñitas / como colecciono mis cromos a todo color / pero mamá es buena y tiene colgado a dios / dentro de una alfombra de telarañas / sin embargo sé que ella murió quemada por una bruja...” (“Realidad virtual”)
Si hubiese que buscar un pariente cercano de Becerra, en el estilo y la temática, en la actitud lúdica, bien podríamos emparentarlo con el  poeta trujillano Lizardo Cruzado, poeta precoz en su momento –a inicios de los noventa- autor de “Este es mi cuerpo” y amigo personal de Becerra. Médico de profesión en la actualidad, Cruzado también se sumergió en la anti lírica.
Mas, Becerra aporta dosis de cinismo y humor negro, regalando una poesía que va de lo trascendente a lo trivial: “La muerte me vigila mientras te desesperas / por no conseguir ese peinado que te hará el día menos feliz / ¿Huir? ¿Para qué? ¿Para que te des cuenta de que cuando huyes / te llevas el motivo de tu huida  / es decir  a ti mismo?” (“Tengo flojera de ser como soy”).
En otro momento dice: “Sólo existe un trozo de destino en mi billetera / quiero gastarlo en una esquina...”.
El poeta se ama y se odia. No se averguenza de ello:
“Odiándome de a poquitos / conjugando verbos irreflexivos en todas las personas / incluso en mi materia estremecida / ... / Entonces nos convertimos en fetos de abortos fallidos y los buitres / de madrugada nos observan con sus ojos que traspasan el alma / y caemos fulminados como dos cohetecillos / que un niño desecha porque ya no revientan” (“Aún te veo Stanley...”)
Becerra insiste en alejarse de este mundo y opta por el exilio. Su despedida lírica reboza cinismo: “En la última carta que les envié / olvidé decirles adiós / ruego decirles que me perdonen / aprovecho estas líneas / para decirles adiós / ADIÓS / Vuestro títere” (“Extensa y aburrida carta a todos”).
El poeta cumplió su promesa de irse y regresar. Hasta el año pasado estuvo viviendo y trabajado en Puerto Ordaz, Venezuela, desde donde seguramente seguía escuchando los lejanos estertores de Chiclayo y su municipalidad en llamas, el griterío de la avenida Balta, los vendedores de tortitas de choclo y cebiche de caballa salada. Hace unos meses, junto a su esposa regresó al Perú.
Durante mi estancia en Chiclayo, compartíamos con Becerra largas caminatas nocturnas por las angostas calles empedradas de la urbe, deambulando por la esquina de 7 de Enero y San José, mirando el río en las orillas de Callanca o el mar de Pimentel.
En una ocasión, retornando de aquellos mágicos parajes, intempestivamente el poeta Becerra se puso a llorar como un niño. Me sentí desconcertado. Ahora, al leer su poesía comprendo que esas lágrimas poseían un significado más trascendente. “Ojos contra la arena” es el mejor testimonio de ese sufrimiento.

Poema por las puras
La perra costumbre de llamarme Carlos
De ver los árboles crecer a través de los años
Cuando son los años que crecen a través de los árboles
Y terminar el día todo aniquilado por tus clímax hercúleos
La insana costumbre de revolcarme entre poemas
Y contar y cantar
Todos los chistes de mis sueños en technicolor
El desquiciado final de quemarme como calendario
En el muñeco de año nuevo o
Como árbol hecho leña en una casa sin paredes
Así con mi cuerpo enllagado de llagas
De llagas que cuelgan de mi cuerpo
Como si fueran otro sexo
La perra costumbre de llamarme Carlos
Y aullar desde la luna
Crucificado en el cráter de un aburrido Apocalipsis
(Por:  Carlos Becerra)