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jueves, 4 de noviembre de 2010

Destrucción de zonas arqueológicas en Lima



Por Nivardo Córdova Salinas (nivardo.cordova@gmail.com)

Lima, al igual que Lambayeque y todo el Perú, se encuentra asentada sobre restos arqueológicos de las culturas pre-hispánicas que se desarrollaron en los valles de Chillón, Rímac y Lurín. Sin embargo y a pesar de que los nuevos hallazgos ocupan primeras planas noticiosas, cientos de monumentos arqueológicos han sido destruidos en las últimas décadas debido a la expansión urbana, el desconocimiento de las autoridades del Estado y municipios y hasta las restauraciones forzadas con fines turísticos.
Lima no sólo es la ciudad de los balcones, conventos y casonas solariegas. Es también el fruto de más de 5 mil años de ocupación humana a lo largo de su territorio. Se han registrado en Lima vestigios del período formativo (8 a 10 mil años A.C) como por ejemplo el taller lítico de Chivateros en el valle del río Chillón, considerado uno de los “hombres peruanos” más antiguos y el primer que fabricó artefactos de piedra para cazar. También hay restos de templos religiosos como Puruchuco (Ate) y Pachacámac (en Lurín) este último considerado el oráculo más prestigios de la costa peruana y que fue utilizado incluso hasta tiempos del incanato. Lo cierto es que en todos los actuales distritos de Lima hay restos arqueológicos como huacas, tambos, palacios, caminos, canales de regadío y restos de ciudades.
Como muestra de esto, la semana pasada la arqueóloga Isabel Flores Espinosa realizó un importante hallazgo en la cúspide Huaca Pucllana (distrito de Miraflores): Una tumba con cuatro momias, de la cultura Wari y que data aproximadamente del año 850 de la era cristiana. No es la primera vez que se registran este tipo de hallazgos en Lima.
Según información de la agencia nacional Andina, este es el primer entierro intacto no profanado por huaqueros en Huaca Pucllana. En el contexto funerario se aprecia una momia adulta como personaje principal y tres menores; dos en el interior de la tumba y otro ubicado en la esquina sudoeste. Asociados a los fardos hay dos grupos de ofrendas entre las que destacan una bolsa textil con agujas, así como cabezas postizas, vasijas, calabazas y maíces.
La arqueóloga Isabel Flores indicó que este entierro tiene todas las técnicas Wari. “El personaje está en cuclillas, lo protegen con sus vestimentas y algodón hasta darle forma troncocónica. Cuando lo terminan de enfardar es protegido con una red de juncos y en la parte superior le colocan una falsa cabeza de tela con la cara pintada.”
Los resultados completos del hallazgo de las cuatro momias ubicadas en la huaca Pucllana se anunciarían en el segundo semestre de 2011, posiblemente con una exhibición especial, afirmó la directora del proyecto arqueológico de excavaciones en la huaca, Isabel Flores. Este hallazgo nos lleva a la pregunta: ¿cómo era la Lima pre-hispánica?
LIMA PRE-HISPÁNICA
Los estudios arqueológicos sobre Lima prehispánica son numerosos, desde los aportes de Max Uhle y Julio C. Tello hasta nuestros días. Incluso historiadores renombrados como Raúl Porras Barrenechea –catalogado como “hispanista”- insistieron en proclamar “la raíz india de Lima”. La información es abundante y urge la tarea de sistematizarla. Según la historiadora María Rostworoswski de Diez Canseco (1978), en un documento publicado en http://sisbib.unmsm.edu.pe/exposiciones/fundlima/limaprehisp/tambos2a.htm, la organización política que existía en la Comarca de Lima y zonas aledañas durante tiempos pre-Incas, fue la siguiente:
Al norte existía el Señorío de Huaura, cuyo curaca gobernaba también los valles de Barranca y Chancay; al sur el Señorío de Chuquimanco, que comprendía los valles de Mala, Omas, Chilca y Cañete, el antiguo Huarco; al nor-este el Señorío de los Atavillos, que se extendía desde las sierras de Cajatambo hasta las de Canta, inclusive; al sur-este el Señorío de las siete Guarangas de Huarochirí, que ocupaba las serranías de Cañete hasta Canta. En la Comarca de Lima gobernaban los Señoríos de Ichma y Colli, abarcando el primero el valle de Lurín y la parte baja del de Lima y el segundo la cuenca del río Chillón, desde Quivi hasta el mar.
Hay autores que afirman que en la época existió el Señorío de Cuismanco (Del Busto 1978 b), cuyos dominios comprendían los valles de Chancay, Chillón, Rímac y Lurín. Asimismo el Señorío de Colli estaba gobernado por el Colli Cápac y tenía su sede en una población llamada hoy Pueblo Viejo, situado cerca de la fortaleza de Collique (al norte de Lima en el actual distrito de Comas). El Señorío abarcaba varios pequeños entes políticos y grupos étnicos, como los curacazgos de Quivi, Chuquitanta, Guarauni, Macas y Sapan, pertenecientes estos tres últimos a la etnia de Guancayo. Las poblaciones de los Colli fueron numerosas, destacándose en la parte alta los de: Macas, Zapan, Chacas, Huanchipuquio y Punchauca. En la parte baja del valle el Señorío abarcaba los actuales distritos de Carabayllo, Puente Piedra, Ventanilla, Callao, Comas e Independencia y tenía muchos centros poblados, tales como Carabayllo, Zapallal, Collique (donde se encontraba el centro ceremonial, la fortaleza y la sede del curacazgo), Comas, Pro, Con Con, Chuquitanta y Oquendo.
Según el citado informe, la parte baja del valle del Rímac, perteneciente al Señorío de Ichma, estaba organizada en varios pequeños curacazgos cuyos territorios, según Maria Rostworowski (1978), se ubicaban de acuerdo al sistema de canalizaciones existente, siguiendo el curso del canal o acequia encomendado a su cuidado. Los curacazgos fueron los de: Sulco, Guatca, Lima, Maranca y Callao.
El curacazgo de Sulco se extendía a lo largo de la canalización del Rímac que se inicia cerca de Ate o Vitarte y da lugar al llamado río Surco, comprendiendo casi toda la extensión de los actuales distritos de El Agustino, San Luis, Surco, Surquillo, Miraflores, Barranco y Chorrillos. Las poblaciones más importantes del curacazgo deben haber sido Campoy, Vásquez, La Calera y Marca Wilca o Armatambo.
El curacazgo de Guatca seguía el curso de la acequia que lleva el nombre de río Huatica y que se origina en la toma situada en el estrechamiento del cauce del Rímac que se produce entre las antiguas haciendas Zárate y Vicentello. Sus territorios ocuparon parcialmente los actuales distritos de Lurigancho, El Agustino, Lima, La Victoria, Jesús María, Lince, San Isidro, Surquillo y Miraflores y sus pueblos debieron estar ubicados en las adyacencias de los restos arqueológicos que se encuentran en El Agustino, Balconcillo, Guatca, Limatambo, Mango Marca, Huringancho, Santa Cruz y en los alrededores de la Huaca Juliana o Pucllana.
El curacazgo de Lima extendía sus tierras en torno del cauce de la acequia llamada posteriormente de la Magdalena, la que se originaba en una toma ubicada detrás del actual Palacio de Gobierno. Los límites territoriales del cacicazgo llegaban por el suroeste hasta el mar y es posible que por el noroeste, es decir por la banda derecha del río, abarcaran lo que hoy son los distritos de Lurigancho y el Rímac, así coma la pampa de Amancaes. Por tanto, el Curacazgo tomaba parte de los actuales distritos de Lurigancho, Rímac, San Martín de Porres, Lima, Breña, Pueblo Libre, Magdalena del Mar y San Miguel. Su sede de gobierno era el pueblo de Lima, ubicado en el sitio que hoy ocupa la Plaza de Armas y alrededores, y tenía otros asentamientos junto a la huaca ubicada cerca de la iglesia de Santa Ana, en Chuntay, junto a la iglesia de San Sebastián, en lo que hoy es Pueblo Libre y en las inmediaciones de la Huaca Huantilla.
El curacazgo de Maranca o Maranga era irrigado por dos importantes ramales del río de la Magdalena, el que a la altura del Molino de Montserrat se divide en tres grandes acequias; la primera de ellas, a la que ya nos hemos referido, regaba los dominios del curaca de Lima y los otros dos, que se dirigían al suroeste, los territorios de los Chayavilca, señores de Maranga. El curacazgo tenía tierras en los actuales distritos de Lima, Breña, La Legua, Bellavista, Callao, San Miguel y Pueblo Libre. Es posible que su jurisdicción se haya extendido por la margen derecha del río Rímac, a través del actual distrito de San Martín de Porres. Los pueblos más importantes de los Maranga deben haber estado situados en Mateo Salado, Pando, Maranga, la sede principal, Tres Palos y Huantina Marca. En la banda derecha del Rímac las poblaciones deben haber sido, entre otras, Palao y San Roque.
El curacazgo del Callao ocupaba el litoral de ambas márgenes del río, o sea los distritos actuales de Callao, Bellavista y La Perla. Dada que la ocupación de los pobladores del curacazgo era exclusivamente la pesca, sus principales asentamientos tienen que haber estado necesariamente sobre la costa, conociéndose acerca de dos de ellos. Piti Piti Viejo, ubicado en el actual Chucuito, fue probablemente la sede de gobierno pues en sus inmediaciones había una huaca que debió ser el adoratorio del Centro Religioso del Curacazgo. El otro pueblo se llamó Piti Piti Nuevo y estuvo situado cerca de la desembocadura del río Rímac, siendo sus pobladores pescadores de agua dulce. Es posible, asimismo, que haya existido otra población en el distrito de Bellavista, sobre la avenida Venezuela y a corta distancia del Ovalo Saloom, pues en dicho sitio se encontraba hasta hace unas décadas una importante huaca. La otra parte del Señorío de Ichma está constituida por el valle de Lurín y comarcas aledañas, extendiéndose su jurisdicción hasta territorios altos situados en zonas Chaupiyungas.
La sede del curacazgo y del poder religioso de Ichma fue la ciudad de ese nombre, más tarde llamada Pachacámac, que debió tener una numerosa población asentada en los alrededores del recinto amurallado del Centro Religioso. Otros pueblos de importancia en el valle de Lurín, que a juzgar por los restos arqueológicos debió ser densamente poblado, se situaban en ambas márgenes del río y son conocidos por los nombres de Maracuyá, Pampa de Flores, Jacinto Grande, Mal Paso, Molle, Manchay Alto, Huaycán, Chontay y Avillay.
DESTRUCCIÓN ARQUEOLÓGICA EN LIMA
El antropólogo José Joaquín Narváez Luna es uno de los autores que ha investigado y documentado el “arrasamiento” de zonas arqueológicas en Lima a lo largo del siglo XX., en su estudio titulado “La destrucción del patrimonio arqueológico en el valle del Rímac-Perú”, publicado en http://www.naya.org.ar/congreso/ponencia3-3.htm
“En el valle bajo del río Rímac, donde ahora se encuentra ubicada la ciudad de Lima, capital de la República del Perú, se dio en tiempos prehispánicos una larga y compleja sucesión de ocupaciones humanas que dejaron las evidencias de su presencia en los numerosos sitios arqueológicos que se encuentran ahora dentro del casco urbano de la moderna ciudad. Sin embargo, tan valioso patrimonio arqueológico ha venido siendo destruido desde el arribo mismo de los españoles, durante toda la Colonia y comienzos de la República por obra de las grandes haciendas que se distribuían en el valle. Pero será en el siglo XX cuando ocurrirán los peores destrozos debido a la expansión urbana moderna de la ciudad, especialmente a partir de la década del 40”, afirma
Anota que la apariencia del valle bajo del Rímac en la actualidad es radicalmente distinto a la que tenía hace sólo 50 años. “El crecimiento explosivo poblacional de la ciudad se puede ver en cifras: según el censo de 1940, Lima albergaba a 645,172 habitantes; en 1961 la cifra se triplicó a 1'652,000 habitantes, en 1972 se quintuplicó a 3'302,523, en 1981 el volumen fue siete veces mayor, 4'492,260 (Matos Mar 1988: 72). El censo de 1993 arrojó nada menos que 5'706,127 personas. Esta expansión de Lima desde su núcleo original arrasó a su paso muchos monumentos arqueológicos que se erigían en el valle bajo del Rímac”, explica.
Narváez Luna plantea que fueron cinco formas de destrucción de los monumentos arqueológicos del valle de Lima de los últimos 50 años: destrucción por urbanizadoras (especialmente entre las décadas del 40 y el 60); destrucción por el estado y municipios (al construirse obras de carácter público); por invasiones, y al reconstruirse sitios arqueológicos para habilitarlos al turismo.
En cuanto a la “voracidad” de las urbanizadoras, el caso más representativo es el de Huaca Pucllana (donde se acaban de hallar las tumbas Wari), pirámide de 30 metros de altura ubicada en Miraflores y perteneciente al Intermedio Temprano-Horizonte Medio 1 y a la cultura Lima o Maranga.
“Pucllana sufrió daños desde la Colonia al ser huaqueada y utilizada como atalaya para el avistaje de piratas. En 1854 sirvió de parapeto durante la batalla de La Palma entre Rufino Echenique y Ramón Castilla quienes se disputaban el poder y durante la batalla de Miraflores entre los ejércitos peruano y chileno durante la Guerra del Pacífico en 1883 (Ravines, 1985:74)”, afirma. Sin embargo, escribe Narváez, los mayores destrozos ocurrieron cuando la Compañía Urbanizadora Surquillo lotizó completamente el sitio y lo vendió en parte entre 1930 y 1965 al amparo de resoluciones del Ministerio de Fomento y Obras Públicas (ver fig. 1). Con grandes maquinarias demolieron amplios sectores de la parte baja del monumento, destruyendo plataformas, plazas, recintos, etc. La enérgica intervención del Patronato Nacional de Arqueología pudo detener los destrozos aunque gran parte del sitio había quedado afectado. Abandonada por mucho tiempo, en 1982 por iniciativa de la Municipalidad de Miraflores se inició la recuperación del monumento con extensas excavaciones a cargo de la Dr. Isabel Flores quién aún prosigue los trabajos de investigación en el sitio. Actualmente, Pucllana es buen ejemplo de conservación y puesta en valor de un sitio arqueológico”.
Si bien Pucllana, a pesar de los grandes destrozos, pudo salvarse, otros monumentos arqueológicos no tuvieron mejor suerte. Según un estudio que Narváez efectuó en 1994, “a la fecha sólo se conserva el 27% de los monumentos arqueológicos existentes en 1944 en los distritos de Lima (Industrial), Breña, San Miguel, Pueblo Libre y Magdalena del Mar”. Otro caso ocurrió en 1943, año en que se demolió la pequeña huaca llamada San Isidro, situada entre la Huaca Pan de Azúcar y el Golf de San Isidro, a solicitud de la sucesión Luisa Paz Soldán de Moreyra (Ravines, 1985: 74).
En cuanto a la destrucción por el Estado y municipios, está el caso de la destrucción de la Huaca Concha durante la remodelación del Estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Asimismo Las invasiones y asentamientos humanos modernos en zonas arqueológicas se han dado por ejemplo en Armatambo (cerca al Morro Solar en Chorrillos), Cerro La Regla y Garagay (San Martín de Porres), Pampa de Cueva (Independencia), Canto Chico y El Sauce (San Juan de Lurigancho), Huaquerones (Ate-Vitarte), Villa el Salvador y El Ferroviario (Villa el Salvador), etc.
Este tema lleva a Narváez a una reflexión final: “¿Por qué en un país donde el discurso oficial, desde la fundación de la República enaltece el pasado prehispánico y la riqueza de su Patrimonio Arqueológico, ocurren tan masiva destrucción de dicho Patrimonio? Más aún, ¿Por qué si existe desde la Independencia una serie de leyes que protegen el Patrimonio Arqueológico y normas legales que sancionan a los destructores en la práctica en muy pocas ocasiones se sanciona a tales destructores y en cambio la mayoría de los casos quedan en la más completa impunidad?. Da la impresión de haber por un lado un discurso oficial, que es compartido en mayor o menor grado por los miembros de la nación, y por otro lado un comportamiento radicalmente distinto. Y es que la nación ha hecho un uso oportunista del Patrimonio Arqueológico Nacional. Es muy útil cuando se trata de reforzar en algún momento los sentimientos de nacionalidad, de regionalismo y de identificación y unidad nacional, si así el momento político lo requería. Pero no se titubeó en destruirlo cuando se interponía en las grandes obras públicas y privadas o en las obras de carácter electoral, sea por parte del gobierno central o los gobiernos locales”.
El problema que surge para Narváez es que se están dando nuevas leyes que legitiman la destrucción del patrimonio, por ejemplo los Decretos Supremos Nº 028-97-PCM y el 017-98-PCM, que pretenden regularizar la situación de las poblaciones que ocupan zonas arqueológicas para darles títulos de propiedad; asimismo la ley Nº 26961, "Ley para el Desarrollo de la Actividad Turística" en la cual se entiende a los sitios arqueológicos como "Zonas de Potencial Turístico" y ya no como Patrimonio Cultural considerándosele solamente como un mero producto económico, y el Decreto Supremo Nº 008-98-AG “con la cual se transfieren terrenos eriazos al Sector Privado para desarrollo agrícola, así contengan sitios arqueológicos, frente a los cual el INC sólo tendría quince días para pronunciarse sustentado su posición con planos perimétricos, memorias descriptivas y ubicación de coordenadas UTM, cuando en la mayoría de los casos no existen dicha información para los sitios conocidos y menos aún para los sitios desconocidos, y que evidentemente se encuentran en zonas eriazas”. (NCS)

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