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lunes, 8 de noviembre de 2010

Cayaltí: La masacre de 1950 no quedó en el olvido

Por Nivardo Córdova Salinas, periodista.
nivardo.cordova@gmail.com
Nota del editor: Este reportaje de investigación se inspiró, además de las fuentes familiares, en el artículo del economista peruano Silvio Rendón.
- Además ha sido publicado en: Semanario Expresión Nº 690, Chiclayo, del 5 al 11 de noviembre del 2010- Ha sido citado por la destacada periodista peruana Susana Grados en su informe"Azúcar con sangre y amargura", que fue publicado en"Línea", suplemento del diario "La Primera". Lima, domingo 30 de enero de 2001.
- Ha sido Reimpreso en forma de folleto por  Rimactampu / Ediciones Urgentes. Lima, 18 de febrero de 2011.
- Ha sido recitado por Silvio Rendón en su blog  "Combitos".

Hace sesenta años, en el mes de noviembre de 1950, por lo menos 120 trabajadores de la hacienda Cayaltí fueron “ejecutados extraoficialmente” –léase: asesinados– por las fuerzas del orden debido a una protesta laboral, y luego fueron enterrados en una fosa clandestina en el cerro La Guitarra, en Mocupe. ¿Habrá comisión de la verdad y museo de la memoria para estos cayaltileños victimados?
El silencio oficial sobre aquel genocidio jamás pudo contra la tradición oral de los viejos cayaltileños que guardaron memoria de este crimen de lesa humanidad. La verdad ha salido a flote y desde hace algunos años este hecho histórico es analizado y estudiado en monografías y tesis doctorales hechas por investigadores sociales del Perú e incluso los Estados Unidos, lo que nos permite ahora realizar la difusión periodística.
Respecto a la “masacre de Cayaltí”, a nivel personal la primera versión que a la que tuve acceso fue durante mi infancia, cuando mi abuela, doña Aurora Balarezo viuda de Salinas, me relató que “aquí en Cayaltí hubo hace muchos años, cuando tú todavía no nacías, una matanza terrible, murieron muchos obreros y se los llevaron arrumados en camiones a enterrarlos no se sabe dónde”.
La breve narración, que despertó desde entonces mi curiosidad, en años posteriores fue reforzada por otros familiares cayaltileños que más o menos repetían la misma versión: una masacre de trabajadores y el temor de decirlo en voz alta.
En honor a la verdad y en mérito a que dicho genocidio ya ha sido relatado en varios libros y monografías históricas publicadas en versión impresa y también en Internet, como periodista –y también como cayaltileño– creo que es nuestro deber divulgar lo que ya está publicado, citando las fuentes consultadas.
Silvio Rendón, economista peruano radicado en Nueva York, el pasado 13 de octubre de 2010  publicó en la página web Gran Combo Club –un sitio que publica artículos y opiniones singulares- su investigación titulada “1950: La masacre de Cayaltí” (http://grancomboclub.com/2010/10/1950-la-masacre-de-cayalti.html)
Para mayor rigor histórico y la objetivad, Rendón ha citado textualmente en su escrito tres fuentes bibliográficas: “La oligarquía peruana: historia de tres familias” de Denis Gilbert (Lima, Editorial Horizonte, 1982); “Cayaltí: The formation of a Rural Proletariat on a Peruvian Sugar Plantation. 1875-1933″ (“Cayaltí: la formación del proletariado rural en una plantación azucarera peruana” 1875-1933”) de Michael Gonzáles, (Tesis doctoral, Universidad de California, Berkeley, 1978) e “Historia del Sindicato de Cayaltí” de Orlando Plaza (Tesis de Bachillerato, Pontifica Universidad Católica del Perú, 1971). Estas dos últimas publicaciones han sido citadas por Gilbert.
Los hechos cruentos concernientes a la matanza, según Rendón, se desencadenaron debido a que “en noviembre de 1950 los trabajadores de la hacienda se declararon en huelga por reclamos salariales y fueron reprimidos por la policía con un saldo de por lo menos 120 trabajadores muertos”. El episodio lo relata Gilbert (1982: 140), de esta manera: “Se generó una situación tensa cuando los trabajadores se declararon en huelga y los administradores de la hacienda llamaron más efectivos para reforzar el puesto de la Guardia Civil de Cayaltí”.
En la versión de Plaza encontramos: “Una confrontación inicial entre la policía y los trabajadores dejó como saldo un trabajador muerto. A ello siguieron una serie de arrestos. Singularmente, los huelguistas estaban al borde de capitular, cuando se produjo otro incidente más serio. Esta vez la policía no sólo abrió fuego contra un grupo de trabajadores reunidos en el puesto de la Guardia Civil, sino que los persiguió a través del pueblo, disparando salvajemente contra los trabajadores que intentaban escapar. Por lo menos murieron 120 (Plaza 1971: 10). Numerosos trabajadores huyeron hacia sus hogares en la sierra. Se prendió fuego a los campos de caña”.
Tanto Gilbert como Plaza apuntan a un genocidio sin precedentes en Lambayeque. “Esa noche -recordó un obrero años después- mataron a cientos. Luego, en camiones de la empresa los recogían y muertos y heridos fueron transportados frente al cerro ‘La Guitarra’ donde se había cavado una zanja y ahí fueron arrojados”. Según este hombre, un amigo suyo manejó uno de los camiones y “se enfermó de lo visto, que nunca curó hasta que murió” (Plaza 1971: 11).
Una vez consumada la matanza, el silencio oficial cubrió todo con un manto de sombra. En su artículo, Rendón anota lo siguiente: “La Empresa [hacienda Cayaltí] tuvo apoyo de todos los organismos. Se amenazaba a la gente que reclamaba con botarla o fusilarla; los policías llevaban a los cabecillas y no se sabía más. Sólo se oía el llanto de muchas señoras, hijas, esposas, preguntando por sus seres queridos. Quedó una cosa como el terremoto: sin sentido. Había calma, pero sí había ese rencor” (Plaza 1971: 10).
Otras versiones recogidas por los autores citados, aseguran que “en determinado momento se llevaron tropas de la Fuerza Aérea de una base cercana. La relación no deja claro el papel exacto que desempeñaron en estos acontecimientos”.
En su análisis y opinión Rendón es implacable: “Ahí quedó la cosa. No hubo `comisión de la verdad´, ´comisión investigadora´, ´defensoría del pueblo´, responsabilidad ´política´ o ´penal´, debate en el congreso, condena de la prensa (no había congreso en los tiempos de Odría y la prensa era de la oligarquía). Y tampoco hubo ´museo de la memoria´ ni nada por el estilo. Sólo la tradición oral de los familiares y compañeros de los obreros muertos. Sin embargo, cuando llegó la reforma agraria en 1970 Cayaltí era la hacienda con peores relaciones laborales que cualquier hacienda azucarera del departamento. La bronca se había embalsado no sólo desde los cincuentas, sino desde antes”.
Lo cierto es que este hecho, aunque quiso ser silenciado, permaneció en la memoria colectiva de Cayaltí. Lamentablemente no existe una relación de las personas que “desaparecieron” y lo más probable es que jamás se redactó un acta o informe policial. Presumo que en los archivos de la antigua hacienda tampoco hay rastros.
LA HACIENDA CAYALTÍ Y LA FAMILIA ASPÍLLAGA
Con el respeto que merece la honra de las personas, incluso la memoria de los fallecidos, tanto victimas como victimarios y autores intelectuales (este reportaje no pretende satanizar a nadie, pues creemos que justicia no es venganza), la verdad histórica es que los dueños de Cayaltí fueron hacendados integrantes de la familia Aspíllaga. Por versiones orales que he recogido en la zona, “los Aspíllaga eran personas disciplinadas y exigentes en el aspecto laboral, pero a la vez generosas con sus trabajadores; fueron muy buenos administradores y Cayaltí llegó a ser una de las haciendas más prósperas del Perú porque ellos supieron trabajar bien y darle bien trato a los obreros. Si no ¿por qué después que el general Velasco les expropió Cayaltí la cooperativa quebró?” (entrevista personal).
Muchos cayaltileños hablan de bonanza, buena época, bienestar de los trabajadores y sus familias hasta antes de 1970, en que se decretó la llamada “reforma agraria” y se entregó la hacienda a los campesinos bajo el sistema de cooperativismo, que años después fracasó al punto que hasta ahora “Cayaltí no es ni la sombra de lo que fue”.
Sin embargo, los historiadores citados en este reportaje tienen una visión más crítica sobre la familia Aspíllaga (no toda la familia, obviamente, sino quienes fueron “patrones”): “La empresa de los Aspíllaga tenía una larga tradición de maltrato a los trabajadores, que quedaba siempre impune debido a su poder económico, político y mediático. Ántero Aspíllaga evitó la destrucción de la hacienda Cayaltí por los invasores chilenos pagando cupos, ´mostrando documentos que mostraban que Cayaltí pertenecía a su principal acreedor, la firma estadounidense Prevost & Co.´ (Gilbert 1982: 114), escondiendo el alcohol y los alimentos de los invasores. En esa circunstancia tres trabajadores chinos se fugaron”, escribe Rendón.
“En los años de 1880 los Aspíllaga siguieron dependiendo de los trabajadores chinos con los que habían trabajado en la hacienda antes de la guerra. En Cayaltí, al igual que en otras haciendas, se explotaba cruelmente, se les pagaba poco a los chinos y estaban sujetos al sistema privado de justicia que administraban los hacendados. Los Aspíllaga tenían una cárcel en la hacienda y se adjudicaron a sí mismos el derecho de encarcelar o azotar a los trabajadores Gonzáles (1978: 186-97) registra varias ocasiones en las cuales los miembros de la familia ordenaron ejecuciones por asesinato, y un incidente de 1875 en el cual un trabajador chino huido fue muerto por una partida de búsqueda de mayordomos de Cayaltí enviada a recapturarlo”.
Y añade: “Los Aspíllaga admitían que sus trabajadores chinos eran ´semi-esclavos´ y que ´se les trataba muy mal´. Sin embargo, estaban dispuestos a justificar sus acciones caracterizando racistamente a los chinos de ´bárbaros´, ´demonios´ y ´semi-humanos´ (Gonzáles 1978: 199-200).
El economista Rendón sostiene que “para la década de 1890 la inmigración china estaba cerrada y Cayaltí recurrió al reclutamiento de trabajadores de la sierra norte mediante el enganche. Las condiciones de trabajo eran mejores, recurriendo a métodos más sutiles y paternalistas, pero con disposición a aplicar violentamente la fuerza cuando fuese necesario”.
En la familia Aspíllaga, una de las figuras más prominentes fue Ántero Aspíllaga, quien fue dos veces senador por Lima y dos veces candidato presidencial civilista, perdiendo con el populista Billinghurst en 1912 y con Leguía en 1919. En 1922 falleció en Europa, noticia de la que dio cuenta el New York Times del día 12 de enero de ese año (ver recuadro).
“Desde luego que la figura de Billinghurst soliviantaba a los trabajadores y a los Aspíllaga les preocupaba que la disminución de la jornada de trabajo a ocho horas y la presión por aumento de salarios llegara a su plantación de Cayaltí. A pesar de perder las elecciones, este incidente demuestra cómo así los Aspíllaga conservaban su poder: En 1913 se llegó a una decisión final sobre una larga disputa de tierras entre Cayaltí y el pequeño pueblo de Zaña, el cual estaba completamente rodeado por la hacienda. La decisión, favorable a los Aspíllaga, motivó un ataque en el pueblo a la propiedad de la familia y a la quema de la tierra en disputa. A pedido de los Aspíllaga, Zaña fue ocupada por el ejército, que impuso el toque de queda y prohibió la venta de licor, la posesión de armas, y proscribió las reuniones públicas. El ejército restableció el orden, pero para ello mató a dos zañeros e hirió a varios otros. Subsecuentemente, el prefecto de Lambayeque archivó un informe sobre lo sucedido, describiendo la acción del ejército como una “masacre” y afirmando que todos los cerros circundantes a Zaña habían sido robados por las haciendas cercanas, especialmente Cayaltí. Ántero vio el informe, y le fue posible reemplazar al prefecto con alguien más favorable a los intereses de los Aspíllaga en menos de una semana (Gonzáles 1978: 74, en base a la correspondencia de los Aspíllaga).
Otro suceso relevante que demuestra el poder e influencia política de los hacendados y terratenientes es este: “En 1919, luego del golpe del 4 de julio de Leguía, hubo una huelga potencialmente violenta en Puerto Eten, donde los Aspíllaga tenían azúcar y alcohol almacenado para embarcar; les siguieron los trabajadores del ingenio azucarero, y en septiembre los cortadores de caña: pedían salarios más altos y precios más bajos para los alimentos. Los Aspíllaga estaban entonces de malas con el poder, pues se habían enfrentado a Leguía. Sin embargo, pudieron gestionar con el prefecto el envío de ochenta hombres armados a Eten con la amenaza de encarcelar a los trabajadores portuarios; concedieron aumentos de salarios a los trabajadores del ingenio y recurriendo, una vez más al prefecto respecto a los cortadores de caña: le pidieron veinticinco hombres armados, éste envío cincuenta y los trabajadores regresaron a trabajar”.
Incluso en el campo monetario, el poder de los Aspíllaga se demuestra en que tenían su propio sistema de monedas. El economista Rendón lo cuenta así: “Hubo una época en el Perú en que a los trabajadores rurales no les pagaban el salario en dinero, sino en monedas producidas por el terrateniente (ver El Perú feudal). Era una moneda que carecía de valor fuera de los dominios de la plantación. Así también ocurrió en la Hacienda Cayaltí de los Aspíllaga. AAHSA significa “Aspíllaga Anderson Hermanos S. A. El terrateniente era así su propio banquero central, con política monetaria privada. Y hasta con su propio sistema de justicia”.
Años más tarde, en 1930 en que surge el APRA, Rendón asegura que este movimiento “estaba presentado problemas a los terratenientes. Desde los periódicos locales se les atacaba duramente”. Los Aspíllaga lo sabían: “en Zaña son todos absolutamente apristas” aparecería en una correspondencia. Luis Aspíllaga escribía a Lima en junio de 1931, previo a las elecciones de ese año: “un pretendido asalto por parte de la peonada de Tumán y Patapo-Pucalá, que repelieron fuerzas bajo el prefecto a la entrada de Chiclayo, con una descarga cerrada de la que dicen hay 11 muertos y otros tantos heridos”. Todo esto, sumado al encarcelamiento de los “cabecillas” y la censura de “El Trabajador”, un periódico de los trabajadores que circulaba en las haciendas, contó con el apoyo de los Aspíllaga” (véase artículo de Rendón en el enlace citado al inicio).
La teoría que maneja Rendón es que los Aspíllaga y la clase terrateniente en general tenían un férreo control de la prensa, que manejaban desde la denominada Sociedad Nacional Agraria”. “Tenemos hasta dos periódicos, La Crónica y La Prensa”, escribía Ramón Aspíllaga en 1934. Aparecían artículos anónimos defendiendo el punto de vista de los hacendados o hacían entrevistas con los periodistas de publicaciones que les eran favorables. Y desde luego, censuraban a quienes tenían puntos de vista opuestos. “La Hora”, periódico lambayecano de tendencias izquierdistas, publicaba artículos de un periodista español que criticaba a los hacendados, particularmente a los Aspíllaga. Éstos hicieron que el prefecto ordenara el cese de la publicación y que el periodista español abandonara la zona (Gilbert 1982: 131).
“Pero la contribución más importante que hizo el gobierno a la supervivencia económica de los Aspíllaga y otros hacendados fue ciertamente la represión al APRA y otros elementos radicales que amenazaban el control que estos ejercían sobre la fuerza laboral” (Gilbert 1982: 131), bajo una especia de “criminalización” de apristas, comunistas y anarquistas, la cual “no era sólo ideológica o por seguridad, sino fundamentalmente económica”.
Posteriomente, ya en tiempos del breve gobierno democrático de José Luis Bustamante y Rivero (llegó mediante elecciones al gobierno con su partido Frente Democrático Nacional) se produce un resurgimiento de la actividad sindical. “El sindicato de Cayaltí se forma 1945 y es reconocido en el Ministerio de Trabajo gracias a la presión del representante aprista por Lambayeque. Los terratenientes tienen que aceptarlo argumentando que era “un mal a tono con la época política y social que atravesamos” (Gilbert 1982: 137).
“Sin embargo, los Aspíllaga están en la primera de la resistencia a Bustamante. Cayaltí era la sede de la Alianza Nacional en Chiclayo. Apoyan a Odría en el golpe de 1958, en su gobierno, en la candidatura única de Odría en 1950. Los Aspíllaga aportan trabajadores (700) de “portátil” para formar parte de las manifestaciones de la Alianza Nacional. Es en este contexto que se da la masacre de Cayaltí de 1950. Como diría Martín Adán, con la dictadura de Odría el Perú vuelve a la normalidad, y también, y sobre todo, para los trabajadores. Los terratenientes les iban a dar una lección y mostrar que eran éstos quienes seguían mandando. Que los trabajadores no se ilusionaran con la democracia, las elecciones, sindicatos, o representantes en el congreso”, concluye Rendón.
Volviendo al tema de la masacre de Cayaltí, resulta sintomático que a pesar de que el hecho ocurrió no hay ninguna “versión oficial”. Además del testimonio oral de los ancianos cayaltileños, de las tesis doctorales citadas, a veces el tema asoma donde menos lo esperamos, como por ejemplo en someras referencias como en una página turística (http://www.lambayeque.net/chiclayo/cayalti/ubicacion/), donde al referirse a Cayaltí señala: “Un pueblo que ha sido escenario de sangrientas acciones de luchas sindicales contra la patronal de ese entonces, asimismo la masacre del año 1950 de triste recordación…”.
No se puede tapar el sol con un dedo, ni tampoco pretendemos una cacería de brujas contra los descendientes de la familia Aspíllaga (a quienes intentamos ubicar en Lima pero sin tener resultados) o contra los efectivos policiales que acataron la orden de ejecución extrajudicial. Es importante que las nuevas generaciones sepan de estos hechos, no para sembrar odios, sino para reflexionar y concluir que la violencia no es el camino para el desarrollo.
Hay quienes opinan que las autoridades competentes deberían buscar los cadáveres que están posiblemente enterrados en algún sector del cerro La Guitarra, pero eso no depende de nosotros, además es una labor difícil.
A sesenta años de esta barbarie exigimos solamente que la verdad salga a la luz, porque “la verdad nos hará libres”. (NCS)
Publicado también en: http://www.semanarioexpresion.com/noti_ver.php?codigo=Z49338U4

6 comentarios:

  1. La historia verdadera solo esta ante los ojos de Dios...aciertos y errores. Anteró Aspíllaga logro que Cayalti fuera la hacienda más prospera del Perú y con ellos todos cuantos vivían en la hacienda como una sola familia. Las historias familiares son sorprendentes pero el mejor autor es el tiempo... siempre busca el final perfecto.
    María Jesús Torres Aspíllaga

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  2. Estimada Sra. María Jesús Aspíllaga:
    Un saludo cordial y muchas gracias por escribir. Tiene Ud. razón: solo Dios tiene una obra perfecta. La intención del artículo (que considero incompleto todavía) no es satanizar a la familia Aspíllaga ni mucho menos buscar un enfrentamiento. Solamente revisar y exponer un capítulo de nuestra histolria, para que no se repita.
    Mis padres, nacidos en Cayaltí siempre me comentaron que la época de la hacienda fue maravillosa y a la vez siempre han tenido los mejores calificativos para la familia Aspíllaga. Gracias por su comunicación y espero conocerla personalmente, a lo mejor podemos unir criterios para rescatar la historia de nuestra tierra.
    Atte
    Nivardo Córdova Salinas

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  3. Me toco vivir en Cayalti entre 1951 y 1962 mientras mi padre Calos Lequerica Amaya fue trabajador de la Fabrica Papelera Quien de nuestra familia habria podido imaginar lo ocurrido en Cayalty pero personalmente puedo decir estos años fueron muy felices cuantos amigos que no veo y quisiera volver encontrar algun dia

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  4. felipe gersson muñoz ramos14 de diciembre de 2013, 14:40

    Apenas con 21 años y hasta el dia de hoy solo tuvemuy buenos comentarios de la familia aspillaga, pero con esta publicacion hay que tocar el beneficio de la duda, pues me doy cuenta que el final de esta historia tiene un engranaje casi perfecto con el presente de la historia de cayalti pues ahora creo que es un pueblo con la mas grande chatarra que existe en el pais me refiero a la fabrica que ya no opera mas, y todo quedo en un pasado pues en los centros de estudio que existen en cayalti poco se habla de la gran historia que este pueblo posee y esta nueva generacion estoy casi seguro que mas del 90% no tiene ni idea de todo lo suscitado en años anteriores yme gustaria que este link o tantos otros que hablen de la historia de cayalti se compartan hoy en las diferentes redes sociales que son las mas frecuentadas y a partir de ello crear conciencia en lo que todos deseamos un horizonte de verdadero desarrollo para cayalti y asi no permitir que empresas como la que aun posee a cayalti en vez de buscar el desarrollo deje a este pueblo que tanto quiero en mas pobresa

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  5. Soy aspillaga nieta De Ramon aspillaga y estoy muy orgullosa De ser Aspillaga

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  6. Estimado Sr. Ricardo Soto y Sra. Aspílaga:
    Un saludo cordial y gracias por su comentario. Me parece muy noble y justo su sentimiento de orgullo por pertenecer a su familia, como es natural. Mis padres, que nacieron y crecieron en Cayaltí, me hablaron siempre muy bien de la familia Aspíllaga. Como ustedes han podido ver en el reportaje no hay, de mi parte, ningún ataque contra su familia. Cito el penúltimo párrafo: "ni tampoco pretendemos una cacería de brujas contra los descendientes de la familia Aspíllaga (a quienes intentamos ubicar en Lima pero sin tener resultados) o contra los efectivos policiales que acataron la orden de ejecución extrajudicial. Es importante que las nuevas generaciones sepan de estos hechos, no para sembrar odios, sino para reflexionar y concluir que la violencia no es el camino para el desarrollo.". El objetivo es mostrar una parte de la historia de Cayaltí. Atte

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